¿Dolarización o señoreaje?...¿La estafa continúa?
No lo fue a la Zimbabue, a la ecuatoriana ni a la salvadoreña. En Argentina no hubo dolarización y el BCRA no fue destruido. Bastó con una llamada de Ms Dawn Fitzpatrick (CEO de Soros) a Eduardo Elsztain (CEO IRSA/Cresud) para que Javier Milei desistiera de la dolarización y bajara del equipo económico a Emilio Ocampo.
Por Marco Esdras
La semana pasada en el auditorio de una Casa de Altos Estudios académicos discutían respecto a si los $ 12 billones de “utilidades” que el BCRA giró hace 2 meses al Tesoro son señoreaje, o bien, constituyen un delito. Es que durante los últimos 20 años les han robado a los argentinos USD 25.000 millones por año en concepto de señoreaje (un 20 % del PBI), así lo manifestaba Javier Milei. El proyecto de ley de tipificar como delito penal al señoraje hasta el momento es sólo una expresión de deseo del presidente de la Nación.
No faltó quien se imaginó una economía dolarizada con tasas del 5 % para imposiciones a plazo fijos. Hubiera sido un ejercicio de carry trade intenso… Tomar fondos prestados en Tokio o en Zúrich y ponerlos a rendir en Argentina. Evidentemente, algo se rompió o salió mal.
Lejos de la dolarización, una de las promesas de campaña de Javier Milei conjuntamente con la eliminación del BCRA, pareciera ser que la política monetaria termina constituyendo una herramienta que tanto gobiernos de derecha como de izquierda no quieren prescindir.
La clase media preferiría dolarizar sus ingresos, gastar en pesos y ahorrar en dólares. La historia pendular marca como en Argentina se van acumulando saldos en pesos (préstamos y depósitos) y luego se licúan a través de sucesivas devaluaciones. En el medio de cada fase devaluatoria quienes lograron atesorar dólares se vieron favorecidos con notorios incrementos patrimoniales.
Lo dicho en el párrafo anterior explica en parte por qué los argentinos escogen dejar sus dólares fuera del sistema especulando que siempre van a mejorar sus resultados financieros en comparación a si los ingresaran por más leyes o decretos de blanqueos que los gobiernos ofrezcan. Así prosperan los dólares del colchón, los dólares off shore, los fideicomisos o trust. En fin, de acuerdo con cada caso y a la escala, los argentinos no conciben que sus dólares puedan estar seguros y ser rentables dentro del sistema financiero argentino.
La dolarización que no se hizo y pareciera no hacerse, al menos en el corto plazo, podría haber sido unilateral o con un acuerdo formal con los Estados Unidos. La segunda opción era la más plausible y la menos onerosa. Desde el Capitolio, fuentes ilustradas en la materia, dan cuenta que ese “Agreement” iba a ser difícil de sortearse con éxito.
El Gobierno en pleno proselitismo como plataforma de campaña en 2023 hizo blandir la bandera de la dolarización, pero rápidamente prefirió cambiar su estrategia (la llamada telefónica de la emisaria de Soros no fue inocua). Se sintió más cómodo instalando la idea de una competencia de monedas a la peruana o a la uruguaya.
Despierta curiosidad el fenómeno de que la sociedad peruana tiene una desigualdad de ingresos muy marcada y que su clase media es poco significativa (de hecho, existe una polarización muy notoria si uno radiografía la distribución del ingreso). A la vez, Uruguay es una unidad territorial mucho más fácil de administrar que un país de la dimensión geográfica que reviste Argentina y, la relevancia de su movimiento financiero interno y genuino, resulta exangüe si se lo compara con las divisas que recibe de no residentes, fenómeno que le hizo caber el mote de “la Singapur de Sudamérica”, mientras que otros lo prefieren denominar a dicho país como el “home base” financiero del Mercosur. Probablemente sendos casos se promueven como hito a emular debido a que tras el éxito relativo en los planes de estabilización ambos países experimentaron procesos de desdolarización.
Lejos de destruirse, el BCRA se pobló de eruditos economistas de raigambre internacional como es el caso del Dr. Vladimiro Werning. Se trata de un conjunto de verdaderos ingenieros que se ocuparon de neutralizar el “overhang” para poder determinar con precisión técnica la cantidad de dinero necesaria que debe existir en la economía para que tener una inflación moderada y a vez propulsar el crecimiento. Dentro de sus quehaceres está la tarea de monitorear al agregado monetario M2 transaccional no remunerado (6,4 % del PBI), contener al flagelo inflacionario (2% mensual) y mantener a rajatabla el “Indicativo” (Target) de los “Net Domestic Asset” (término acuñado en el programa vigente del FMI para referir a la diferencia entre la Base Monetaria y las reservas internacionales netas). Funciona como un ancla monetario adicional.
Ya sin dolarización endógena ni exógena, el peso subsistió como medio de cambio y reserva de valor. “Se invirtieron las banderas de la libertad para ser presos del peso argentino”. En síntesis, sin dolarizar Argentina estaría evitando dos problemas: ser siempre cara en dólares (ejemplo: durante el ocaso de la Convertibilidad) y barata en pesos (como cuando se pesificó su economía en 2002). De ahí que el quid de la cuestión estriba en la consecución del equilibrio monetario que no es más ni menos que determinar la cantidad de dinero que debe financiar al PBI. Con este exordio, queda claro que el valor de la moneda de un país viene dado por su productividad y el vigor de su tejido productivo. Podrán generarse políticas monetarias o cambiarias coyunturales que aparten la cotización del peso de la real, pero siempre en el largo plazo el valor de la moneda termina asociándose inexorablemente al de la estructura económica subyacente.
Para ser precisos y dejar en claro: el BCRA en lugar de dolarizar arrancó la era Bausili con tasas reales negativas, un crawling peg y ahora estaría migrando desde una flotación sucia hacia una limpia. El inconveniente que se suscita en estos días es que la remonetización de la economía (el cociente entre el crédito y el PBI en un año pasó del 5% -4% en pesos y 1% en dólares- al 11% -9% en pesos y 2 % en dólares- está resultando excesivamente onerosa y hasta luce con fórceps. Las tasas de interés deberían relajarse y la propulsión crediticia tendría que ser el fiel correlato del incremento del nivel de actividad. Al respecto, no queda claro el engranaje del “multiplicador del dinero”: hay flexibilización de encajes, pero tasas altas. Veremos como terminan jugando las operaciones de mercado abierto a partir de la eliminación de las Lefis.
Por todo lo expuesto, el Gobierno en lugar de dolarizar administró un órdago monetario diseminado y camuflado entre Lefis y Lecaps (lo que otrora eran pases pasivos y leliqs). Mientras se aguarda la fase 4 del programa monetario, el BCRA ya no tiene más como parámetro a la Base Monetaria Amplia y siguen depositándose los pesos en la cuenta del Tesoro que tiene en el BCRA con el afán de reducir la Base Monetaria en términos reales y nominales.
La proeza lograda por la autoridad monetaria es que la moneda nacional (oferta monetaria) haya despertado determinado interés por la demanda del público puesto que antes del inicio de la gestión libertaria se daba la paradoja de que el BCRA era el único oferente y demandante de su propio producto (la moneda emitida o pasivo monetario).
Y la dolarización anhelada por el electorado libertario, mucho de ellos jóvenes entusiastas, quedará para un segundo mandato en 2027 si es que la República no estalla con los Usd. 50.000 millones que se le deberán al FMI y los más de $ 250 billones de deuda del Tesoro (sin contar los USD 120.000 millones de bonos en moneda dura, CIADI, Club de París y Organismos Multilaterales).
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