El último de los periodistas
Trabajar con “Chiche” Gelblung, primero como columnista de él, una década después como director de la última radio que lo convocó, solo admite una definición: no me aburrí un solo día. “Contame algo que le interese a la gente”, el show de voces, un carrusel de periodistas todos diferentes entre sí, la llegada a todos los sectores ideológicos y algo pocas veces visto: era igual fuera del aire que cuando se encendían el micrófono o la cámara.
Por Lucio Di Matteo
“Todo lo que hacés en C5N, y veo, me interesa. Pero si trabajás conmigo no quiero que repitas información”. En dos frases, un elogio y una exigencia, a lo Chiche. “Arreglá todo con Andrea y empezás a trabajar conmigo cuando quieras”. Andrea es Arbarello, entonces su productora jefa, una de las pocas que mostraba serenidad -y no histeria- ante los gritos y ansiedades de Gelbung. En una charla y dos días, estaba trabajando en “Hola Chiche”, que cubría un horario extenso -de 9 a 13, obviamente lunes a viernes- y peleaba la franja con “El Oro y el Moro”, conducido por “El Negro” en Radio 10.
La figura de Chiche todo lo podía. La política del grupo encabezado por Daniel Hadad -Radio 10, C5N, Infobae- no era compartir periodistas con la competencia. Pero hicieron una excepción. La pelea por el liderazgo de la segunda mañana, entre Chiche y Oscar “El Negro” González Oro, era despiadada, pero entre dos gigantes -el Negro de la radio, Chiche de todo, desde la gráfica hasta la TV- que se respetaban.
“Cada vez que nos acercamos a dos puntos, IBOPE hace que El Negro se aleje. Igual no me importa, la gente nos escucha tanto o más que a él. Además, ¿para qué me voy a pelear con alguien que quiero tanto?”, decía Chiche fuera del aire. A esta altura poco importa cuál era el programa más escuchado de esos dos monstruos. Sería como ver, en nuestra infancia, una final de “Titanes en el Ring” entre Martín Karadagián y “El Ancho” Peucelle: el corazón tiraba por los dos.
Ese programa ómnibus diario, Hola Chiche, era mágico. Mitre, con gerentes-programadores inteligentes como Jorge Porta, Rubén Corda y Guido Valery, le permitía al mágico Gelblung lo que a otros les negaban. Por ejemplo, contratar un especialista en Economía que trabajaba en C5N, cuando en su equipo estaba Silvia Naishtat, entonces y ahora editora de la sección en Clarín. Chiche no pidió permiso, Silvia no era insegura y me conocía de la profesión. En cinco, Naishtat y yo entendimos perfectamente cómo complementarnos.
En una época donde el enfrentamiento entre Grupo Clarín y el Gobierno kirchnerista ya era muy marcado, Chiche era el único periodista no alineado de Radio Mitre. “Te escuchan todos los kirchneristas”, soltaba algún gerente con una mueca en el rostro. Imposible saber si estaba enojado, divertido, o sólo pensaba en el rating. En el caso de Gelblung, esta última era la única lógica.
Con una catarata de oyentes que dejaban mensajes de voz o escritos, Chiche comandaba un equipo que tenía más jugadores de los necesarios, pero curiosamente sin que ninguno sobre. La locutora que lo acompañaba con soltura era Marcela Giorgi; Horacio Pagani mostraba lo suyo en Deportes; Eduardo Chaktoura, el recordado psicólogo con voz de locutor y oficio pasado de productor, tenía tema libre; Teresita Ferrari y Silvina Walger marcaban lo suyo y a la vez acompañaban al amigo de tantos años. Espectáculos fue un desfile: Rodrigo Lussich era el titular, a quien podían reemplazar Daniel Gómez Rinaldi o Karina Iavícoli, entre otros.
El resultado de un equipo tan heterogéneo y numeroso sólo podía ser exitoso -y lo fue, ciertamente- bajo la batuta del Mago Gelblung. En un medio donde hay buenos periodistas que son malos conductores, y viceversa, Chiche era brillante en todo. Cinco segundos antes que los demás, sabía cómo seguía una intervención y si eso iba a rendir o no. Como Maradona o Riquelme, pensaba y veía la jugada mucho antes que los demás. Sin minuto a minuto, claro; pura experiencia, intuición y sello personal. Cuando se cansaba de un columnista, soltaba alguna frase tan hiriente como efectiva (en épocas donde nadie era de cristal): “Contame algo que le interese a la gente”, por ejemplo.
Fue sólo un año de trabajo, entre 2011 y 2012, pero pocas veces me divertí tanto. Además, con una repercusión enorme. Cada entrevistado que me cruzaba en mi otro trabajo, C5N, deslizaba un “te escucho con Chiche, me encanta lo que hacen”, con un brillo en los ojos. Por ejemplo, Juan Alberto Badía o Graciela Ocaña.
El día que “estatizamos” YPF
El lunes 16 de abril, mientras el país comenzaba una semana sin grandes novedades a la vista, me llamó temprano una de mis fuentes -amigo además- preferidas: “Mantenete atento que hoy anuncian la estatización y expropiación de YPF”. Apenas habían pasado las 8 de la mañana y el día comenzaba movido. En una época donde no se usaba whatsapp y tampoco existían la mayor parte de las redes sociales, la única forma de chequear semejante noticia era llamando a funcionarios y fuentes de primera línea.
Para colmo, los hombres del kirchnerismo le escapaban al contacto directo con los periodistas. Y la presidente Cristina Fernández de Kirchner les imponía un férreo silencio en estos casos, a tal punto que estuvieron trabajando todo el fin de semana en los detalles finales y nadie fuera del círculo de trabajo -los ministros De Vido y Kicillof, con sus hombres, sobre todo- lo supo hasta ese lunes.
Antes de las 9 de la mañana, con todas las precauciones del caso, la noticia estaba chequeada. Sin embargo, los directivos de C5N, no quisieron o no se animaron a darla. O no les convenía. Insistí, brindé argumentos, expliqué todo lo que tenía y finalmente les avisé: “Lo tengo chequeado, si no doy la primicia acá, será con Chiche en Mitre”. Aunque era la inmediata competidora de Radio 10, líder absoluta, no pusieron objeciones (tampoco las hubiera aceptado).
Apenas llegué a Radio Mitre, le avisé sobre el tema a Chiche fuera del aire. Inmediatamente le brillaron los ojos. “La damos ya, contala vos”. Gelblung tenía ese instinto asesino del periodista frente a una primicia, más todavía si es histórica. No le importaban la línea editorial del medio, los intereses políticos y económicos (siempre los hay), si algún auspiciante se podía enojar (Repsol pautaba fuerte en esa época, llegó a tener 600 periodistas felices), ni el qué dirán los directivos y dueños del medio. Ante una primicia, Chiche era un adolescente frente a su debut sexual: para adelante, con todo, sin pensar en las consecuencias. La pulsión no mide ni calcula consecuencias.
Esa primicia fue una explosión, todos preguntando si estaba bien chequeado, con la única respuesta posible en estos casos: “de otra manera no hubiera dado la noticia”. A partir de allí, el toque Gelblung hizo que la noticia se transformara en show. Cómo se había gestado la decisión política, qué pensaría la gente del tema, si íbamos a tener mayor abastecimiento o mejores precios para la nafta.
Por supuesto, fue el gran tema del día, a tal punto que tras la finalización de “Hola Chiche” -a las 13- me volví a C5N y trabajé hasta las 23 horas, cuando mi horario habitual era de 7 a 10. A Chiche poco le importó: la primicia la dimos en su programa, con su estilo único.
Desde ese momento, el sagaz Gelblug vio el filón. Cada vez que me sumaba a su programa, hacía algún chiste sobre el tema. El más repetido: “Ahí llega el sub-sub-interventor de YPF”. Siempre intenté contarle que contaba la noticia y no la protagonizaba, pero el humor gelblungiano destrozaba mis argumentos en segundos. Para quienes no lo recuerdan: el interventor de YPF era el ministro de Planificación, Julio de Vido; el subinterventor su par de Economía, Axel Kicillof. Dos figuras muy fuertes de aquel entonces.
Como si todo ese show no fuera suficiente, empezó a llamarme “Lucho” al aire, una deformación de mi nombre. El resto del equipo lo incorporó enseguida, a pesar de mi disgusto. Esto feliz con mi nombre, detesto los apodos y acortamientos. Pero como lo había inventado Chiche, hasta me caía simpático. Aún hoy, gente que escuchaba su programa me sigue llamando Lucho.
Del Plata, la única radio grande que le faltaba
En septiembre del 2021 asumí como director de Radio del Plata, una emisora con más gloria y pasado que presente. Hicimos el primer milagro: en dos meses, la radio pagaba los sueldos con recursos propios, una excepción más que regla desde 2017 hasta hoy. Hicimos el segundo milagro: armar una buena programación con poco dinero. Con la decisión de relanzarla rápidamente, aposté por figuras populares y no identificadas con ninguna de las dos partes de la grieta. El primero que se me vino a la cabeza fue Chiche Gelblung, a quien tanto había disfrutado una década antes, y que no había perdido un ápice de frescura al aire.
Signo de los tiempos: Chiche estaba arrumbado en una radio histórica, pero con poca llegada. Como tendencia actual de los medios, su dueño tenía varias radios: invertía mucho en la que exhibía una programación de derecha, poco en la zurdo-kirchnerista, y nada en las demás. Un genio como Gelblung estaba en la de categoría nada: ni siquiera le ponían una antena potente a esa AM.
Apenas lo convoqué, tomó rápido el guante y me dijo: “Del Plata es la única radio grande en la que no trabajé”. Es cierto: había pasado por Mitre, la 10, Rivadavia, Continental y La Red, entre otras.
-¿Qué necesitás?, fue mi pregunta obvia.
-Un buen movilero, la única respuesta.
-¿Solo eso?
-Sí, pero también me sirve que sumes buenos productores. De las dos horas de programa, en la primera no hay noticiero a “las y media”. Pero después quiero un buen servicio informativo.
A partir de allí, todo fue placer y diversión. La búsqueda del movilero que hiciera feliz, o por lo menos evitara las puteadas de Chiche, fue difícil. Designé un talentoso, pero con poco afecto por el trabajo. Luego uno esforzado, pero poco creativo. No le duraban nada, pero sé que Chiche tenía razón.
Como último consejo, le puse un columnista de política histórico de Del Plata, con poco marketing pero mucho oficio: Diego Colombres. Chiche lo aceptó por dos motivos: era el director de la radio y confiaba en mi criterio. Uno sin el otro no hubieran alcanzado. Colombres dudó. “¿Te parece?”, me dijo. La respuesta fue directa: los conozco a los hace muchos años, se van a entender y llevar bien. Me quedé corto: se amaron. Chiche inclusive lo designó como conductor de reemplazo en un programa de televisión que hizo hasta poco antes de su muerte.
A partir de allí, todo fue diversión y fluidez. Cuando faltaba, me tomaba la atribución de reemplazarlo como conductor de “Hola Chiche”. Por supuesto, nada comparado con él. Pero la pasamos realmente bien y se sintió con las espaldas cuidadas. Hasta último momento hizo radio y TV con la sagacidad y velocidad mental intactas.
Tanto él, como Mauro Viale, con quien trabajé ocho años ininterrumpidos, fueron los únicos “viejos” -solo por edad cronológica, nunca mental- que entendieron el signo de la época: mucha información, rápida, breve y segmentada. “Quiero 5 o 6 entrevistados por hora, hago un show de voces”, explicaba Chiche.
Se fue el último de los periodistas de interés general, capaz de mezclar política, noticias de famosos, economía, espectáculo y fútbol en 10 minutos. Con gracia y sin aburrir un minuto. Además, siguiendo su propia agenda, antes que la dictada por los fondos reservados de la SIDE, o la pauta de empresas estatales.
El periodismo, como saben los que leyeron algo de su historia (tanto argentina como de otros países), crece cuando la sociedad también lo hace. Pasa de fenómeno netamente partidario a la búsqueda de un consumo de masas. En un país cuya economía no crece hace 10 años -el PBI sólo subió realmente en 2017 y 2022- todo se achica y pierde independencia respecto del poder económico y político. El periodismo no es ajeno a esa tendencia.
Hoy, si algún conductor o columnista de televisión mostrara talento como Chiche (o se acercara a ello), primero le pondrían un productor mediocre, comisario político de los directivos del canal. Cada vez más, los gerentes y programadores odian a los talentosos disruptivos. Basta encender la televisión y “aguantar” más de 5 minutos un mism canal. Además, comisarios políticos eran los de antes en los diarios: los enviaba la SIDE, eran el palo en la rueda, pero el periodista quizás se hacía amigo y cuando su rol se terminaba, le quedaba una fuente calificada de información. Hoy ni siquiera eso.
Después, si aparece otro “Chiche”, tras el productor vienen los gerentes y dueños del canal o radio importante. Que sobreviven con la pauta que llega del Gobierno, o se van quedando con empresas o bienes del Estado gracias al vínculo con el gobierno libertario. Si un potencial Chiche sobrevive a todo esto, luego vienen las redes sociales de la cancelación y el dedito acusador. Muchos mediocres contra un talentoso, la lógica de estos tiempos.
El periodismo no ha muerto, pero está en terapia intensiva. El último de los periodistas se fue, pero su legado será eterno.
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