27 de Julio de 2025 - 18:36

La deflación es anarquista

El leitmotiv de la deflación se aleja de los objetivos monetaristas del Gobierno. Se aprecia una resistencia en los niveles de inflación mensual en torno al 1,5 % y la presencia de un sesgo contractivo pese a la existencia de un ciclo económico de origen político de cara a las elecciones.

Por Marco Esdras

La deflación se ocupa de carcomer el valor de los patrimonios, de los ahorros, de los ingresos. Eso generaría una distopía puesto que nadie estaría dispuesto a bajar sus estándares de vida. Corresponde conceptualizar esta situación dentro de un substrato ideológico anarquista más que anarcocapitalista. Murray Rothbard insistía en que la deflación no es un problema inmanente de la economía, sino que se trata de un fenómeno natural que surge en ausencia de la intervención estatal en el mercado monetario. Es una verdad de Perogrullo que no es el caso actual argentino donde el tándem Werning Bausili pergeñan diferentes escenarios de programación monetaria hasta estresarlos. De hecho, el programa del FMI tiene como meta cuantitativa a los agregados monetarios, pero además “relojea” el avance de la Base Monetaria (con un anclaje adicional que son los activos netos domésticos).

Lo único que hoy deflaciona son los bonos argentinos. Nadie los quiere y el Gobierno pugna por sacar otro conejo de la galera reduciendo los derechos de exportación al campo (un anuncio que se proclamará en próximo sábado). La curva de futuros ya pricea tal baja en los aranceles.  El valor del dólar sigue siendo el problema de base.

Si hubiera deflación a nivel mundial las consecuencias serían graves y generalizadas. Los precios caerían constantemente, lo que llevaría a una disminución en el consumo, aumento del desempleo y una posible espiral deflacionaria que podría desencadenar en una crisis económica global.

Queda perspicuo prima facie que el progrma económico del FMI es de corte netamente monetarista a lo Milton Friedman y nada tiene que ver en su concepción los conceptos esbozados por la escuela austríaca. 

Expresado lo anterior, la primera conclusión a la que se arriba es que para el Organismo con sede en Washington DC hablar de deflación constituye una blasfemia. El enfoque monetarista es imprescindiblemente inflacionario. Y los planes avalados por el FMI son una mixtura de componentes keynesianos (mal que le pese a Javier Milei) y monetaristas. 

Sí, es cierto que en la realidad argentina ya se percibe cierta deflación en determinados segmentos: en los precios de las Lecaps (TIR’s bien arriba y precios por el piso), en los precios de los bonos en dólares (prima de riesgo país con un soporte de 800 puntos básicos) y en la confianza en el devenir de la economía real (aspecto cualitativo). 

Pero el fenómeno se vislumbra a nivel macroeconómico y a nivel supranacional. La Fed desde su fundación, un sistema de bancos privados con una función pública, jamás concibió ni concebiría como algo plausible una deflación. Y el señoreaje constituye una de las prominentes ganancias de sus accionistas tales como Vanguard. 

Pensar en una deflación de precios y salarios sería como refundar el sistema monetario mundial y dinamitar el acuerdo de Breton Woods, partida de nacimiento del FMI y del Banco Mundial. Sería propiciar una anarquía. Ya padecimos sucesos ominosos de ese calibre durante una recesión que se prolongó durante más de 40 meses desde 1998 hasta el estallido de la crisis de 2001. En esa oportunidad verdaderamente se vivió una Anarquía con muertos en las adyacencias de la Plaza de Mayo, con un Congreso aplaudiendo el default y una rotación presidencial grotesca de 4 personas intercambiadas en un par de días (Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá, Eduardo Camaño y Eduardo Duhalde.

Quizás el caso más reciente conocido en la literatura como la “Trampa de la Liquidez” ha sido la experiencia japonesa que convivió con deflación durante casi 30 años.  La posibilidad de una trampa de liquidez surge de un aumento brusco en la preferencia de liquidez de los inversores y el temor a pérdidas de capital debido a la incertidumbre sobre la dirección de las tasas de interés. Esta situación acucia actualmente a los estrategas monetarios del BCRA y ponen en jaque a su programa monetario.

Su análisis exige un programa integrado para superar una trampa de liquidez. Esta categoría programática consiste en una política fiscal vigorosa y la creación de empleo para inducir una mayor eficiencia marginal esperada del capital, mientras que el banco central estabiliza la curva de rendimiento y reduce la volatilidad de las tasas de interés para mitigar las expectativas de pérdida de capital de los inversores.

Argentina pareciera descubrir que su inflación tiene génesis monetaria y que su deflación tiene su germen en la caída de la demanda agregada y en la depresión en el nivel de actividad. 

El punto de inflexión de la política macroeconómica del Gobierno de Milei fue haber dejado de lado el Punto Anker y es ahora donde empieza a chocar con los postulados de la escuela estructuralista de inflación. 

La anarquía quizás se vea patente y flagrantemente en un BCRA que tuve notorias desinteligencias a la hora de desarmar las Lefis. 

Un gobierno sin estado, sin impuestos y sin moneda; además de todo lanzado al albur del respeto irrestricto por la travesía ajena: así reza el manual libertario.

Bakunin también ponderaba la libertad individual como un valor fundamental, pero entendida en un contexto social donde la libertad de uno no debe limitar la libertad de los demás.  Y también detestaba al marxismo. 


 

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